Decir que el Club Sportivo Italiano es solo un equipo del ascenso es quedarse cortísimo. Es, en realidad, el corazón de una colectividad que necesitó organizarse para tener voz, voto y, sobre todo, sus propios colores en nuestra cancha. Lo que hoy vemos en Ciudad Evita es el resultado de décadas de laburo de miles de familias que, entre la nostalgia por Italia y el amor por Argentina, forjaron una identidad que hoy es marca registrada del fútbol nuestro.
Todo arrancó con los inmigrantes de la posguerra. En los 40 y 50, los italianos se juntaban a jugar y en el 49 armaron su primer campeonato propio. Fue tal la movida que para el 7 de mayo de 1955 decidieron que era hora de formalizar: ahí nace la A.C.I.A. (Associazione del Calcio Italiano in Argentina). No buscaban solo ganar partidos; buscaban un lugar donde sentirse en casa. La sede en la Casa de Italia era el búnker donde se mantenían vivas las raíces mientras se integraban al país. Ya en el 57 consiguieron los papeles y el sueño de la afiliación a la AFA estaba a la vuelta de la esquina.
En 1959 se pusieron los botines para jugar en serio en la Tercera de Ascenso. El debut fue un 1-1 contra J.J. Urquiza en Caseros, pero lo que vino después fue una aplanadora. Al año siguiente, el Tano salió campeón de punta a punta: 28 victorias en 32 fechas. Una locura para la época. No pararon ahí. En el 62 volvieron a dar la vuelta en la Primera C y saltaron a la B, que por entonces era una categoría durísima, la antesala de la gloria. Italiano ya no era el "equipo de los inmigrantes", era un rival que todos respetaban.
Si hay una fecha que cualquier hincha tiene tatuada es el 24 de junio de 1986. Los años 80 fueron una montaña rusa: perdieron terrenos, compraron el predio en Bella Vista y se reinventaron a pulmón. Pero la temporada 85/86 fue el clímax. Llegaron al octogonal con el cuchillo entre los dientes. Bajaron a Tigre, sufrieron contra Banfield y se plantaron en la final contra un gigante como Huracán. Fue una batalla de tres partidos que terminó en la cancha de Vélez, de noche y bajo una presión total. En los penales, el Azzurro no perdonó: ganó 4-2, subió a Primera y mandó al Globo al descenso por primera vez. Esa temporada en la A duró poco, es cierto, pero quién les quita lo bailado: le ganaron a San Lorenzo, se le plantaron a Boca y a Racing, y demostraron que la colectividad estaba para las grandes ligas.
Como todo club de barrio, Italiano pasó por las malas. En los 90, la billetera empezó a flaquear, hubo que vender Bella Vista y bancarse descensos dolorosos. Pero el orgullo "Tano" siempre aparece en las difíciles. En la 95/96 pegaron la vuelta al Nacional B ganándole la final a Almagro, demostrando que al Azzurro nunca hay que darlo por muerto. Pero el hito más grande de esa época no fue un gol, sino un ladrillo: la compra de las tierras en Ciudad Evita. Después de años de deambular y alquilar canchas ajenas, el 10 de octubre de 2005 se inauguró el Estadio República de Italia. Ver a más de 10 mil personas en las tribunas nuevas ese día fue la prueba de que, después de tanto esfuerzo, Italiano por fin tenía su casa definitiva.
Muchos se olvidan, pero en 1989 Italiano llevó la bandera argentina a Italia para jugar el Torneo de Viareggio. Y ojo al equipo: llevaron de refuerzo a un tal Gabriel Batistuta. Con la camiseta del Tano, el Bati la rompió toda, quedaron invictos y casi se traen la copa (perdieron por penales en semis contra el Torino). Fue el puente perfecto entre los dos países.
Hoy el club pelea en la Primera B, pero la esencia es la misma de 1955. Ir al República de Italia es ver familias enteras, banderas tricolores y sentir ese olorcito a domingo que mezcla el asado con la pasta. Italiano sigue ahí, siendo el nexo indestructible entre Italia y Argentina, empujando siempre para volver a los primeros planos del fútbol nacional.